Este jueves 13 y viernes de 14 de noviembre el equipo de la Vicerrectoría de Bienestar Universitario estará entregando las apoyos de movilidad, que se entregan gracias al convenio firmado entre la Universidad del Valle, la Gobernación del Valle y Metrocali.
Como está contemplado, la entrega para los estudiantes del Campus de Meléndez se realizará el día 13 de noviembre en las instalaciones del Edificio Ágora. Los estudiantes del Campus de San Fernando recibirán este apoyo el día 14 de noviembre en el Centro Deportivo Universitario en esa sede.

"Hoy estamos entregando estos apoyos a nuestros estudiantes. La idea es mantenerlo hasta lograr la graduación de nuestros estudiantes, que sea un apoyo para ellos y sus familias", comentó el profesor Guillermo Murillo Vargas, rector de la Universidad del Valle.
Este apoyo permitirá a un poco más de 2.000 estudiantes beneficiarios realizar gratuitamente sus trayectos de llegada a la Universidad y retorno a sus hogares, contribuyendo a garantizar su acceso a la educación superior y la continuidad en su proceso de formación profesional.
Los beneficiarios reciben una tarjeta del MIO a través de la cual recibirán dos pasajes diarios de lunes a sábado, para facilitar su movilidad hacia los campus de la institución.
Esta estrategia es el resultado del esfuerzo conjunto de la Universidad del Valle, Metrocali y la Gobernación del Valle del Cauca, instituciones comprometidas en apoyar a los y las estudiantes, ayudando a mejorar sus condiciones de acceso al transporte y, con ello, su permanencia y éxito académico.

En los pliegues más íntimos del cerebro habitan recuerdos de violencia, pérdidas y resistencias. No se ven, pero laten como cicatrices invisibles que moldean la vida entera. La investigación que hoy emerge desde Colombia nos recuerda que la paz no solo se firma en los territorios, también debe sembrarse en la mente y en la memoria de quienes han cargado con la guerra.
Por Salomé Mizrachi Medina
Estudiante de Comunicación Social
Agencia de Noticias Univalle
Como un bosque que alguna vez fue frondoso, la mente humana guarda en sus raíces la memoria de lo vivido. Allí se entrelazan los recuerdos, los afectos y las resistencias, como árboles que se sostienen unos a otros en equilibrio con el entorno. Pero cuando la violencia irrumpe, actúa como una tala indiscriminada: derriba lo más alto, seca la tierra y deja un paisaje erosionado, incapaz de regenerarse con la misma vitalidad. El vacío que queda tras la deforestación no es solo físico, también es simbólico: lo que alguna vez dio cobijo y alimento se convierte en un terreno baldío, vulnerable al paso del tiempo y a las inclemencias de la intemperie.
En Colombia, esa deforestación invisible se ha dado en millones de cerebros y cuerpos atravesados por más de seis décadas de conflicto. Recientemente, Juan Felipe Cardona Londoño, profesor titular de la Facultad de Psicología y Director del Grupo de Investigación en Neurociencias y Psicología Clínica de la Universidad del Valle, ha liderado un estudio publicado en Nature Medicine y una correspondencia en Nature, en conjunto con Catalina Trujillo-Llano, Magíster en Psicología de la Universidad del Valle y candidata a Doctora en Neurociencia Clínica de la Universidad de Greifswald, Alemania; Johnny Miller, fotoperiodista norteamericano y Agustín Ibáñez, neurocientífico perteneciente al Global Brain Health Institute (GBHI) del Trinity College Dublin de Irlanda. En estos trabajos se resalta cómo la salud mental y cerebral es un componente esencial en la construcción de paz en Colombia.
El profesor Cardona, nos comenta cómo el trauma del desplazamiento, la desposesión y la violencia territorial no solo se expresa en el dolor emocional, sino también en el desgaste neurológico. El cerebro, como ese bosque arrasado, revela cicatrices profundas: un envejecimiento acelerado, una mayor vulnerabilidad a enfermedades mentales y neurodegenerativas, y una memoria colectiva que, aunque truncada, busca caminos de regeneración.
Las huellas del conflicto armado
Colombia arrastra un conflicto que no ha dejado de arder por más de seis décadas y cuya persistencia ha naturalizado la violencia en la vida cotidiana. En muchas regiones del país, habitar bajo la amenaza constante del desplazamiento o la pérdida se asume como un destino inevitable, mientras que en las grandes ciudades la guerra se percibe como un problema lejano, ajeno a la vida urbana. Esta distancia, sin embargo, es engañosa, debido a que los efectos del conflicto atraviesan generaciones y se inscriben en la mente de quienes lo padecen. Como afirma el profesor Felipe Cardona, “el cerebro no existe aislado, pues lo moldea la vida, la historia, el contexto”. La historia de violencia territorial y desarraigo que han vivido millones de colombianos no solo fractura proyectos comunitarios, sino que también deja marcas comparables a las de una lesión física o una enfermedad crónica, afectando la salud mental y cerebral con una profundidad que rara vez se reconoce en la agenda pública.
El acuerdo de paz de 2016 representó un hito histórico al abrir la posibilidad de reconciliación nacional, pero su alcance resultó insuficiente para desmontar las desigualdades estructurales que han sido el combustible de la guerra. Hoy, el resurgimiento de la violencia en distintas regiones como el Catatumbo recuerda que la firma de un documento no basta para sanar heridas profundas. Frente a esta realidad, se advierte que la salud mental no puede seguir tratándose como un tema secundario, ya que el trauma psicológico derivado del desplazamiento y la exposición a la violencia territorial constituye un determinante central de la salud pública y los derechos humanos. Ignorar esta dimensión equivale a desatender uno de los pilares de la paz, porque los efectos del conflicto se manifiestan en tasas elevadas de depresión, ansiedad y estrés postraumático que, acumulados durante décadas, han configurado una de las cargas de salud mental más persistentes y extendidas del mundo.
La evidencia comparada refuerza la gravedad de este panorama. Mientras que en los países del norte global, la edad es el principal factor de riesgo para padecer enfermedad de Alzheimer o de Parkinson, en Colombia —y en buena parte de América del Sur— los determinantes más significativos son otros: altos niveles de ansiedad y depresión, bajo nivel socioeconómico y escasa escolaridad. Estos hallazgos revelan cómo la adversidad crónica moldea el cerebro y acelera su deterioro, exacerbando las vulnerabilidades de una sociedad que además enfrenta una rápida transición demográfica. El país envejece sin haber preparado un sistema de salud capaz de responder a las crecientes demandas de una población adulta mayor que, más allá de la edad, arrastra décadas de exposición a la violencia. Si se continúan ignorando los determinantes neurológicos y sociales del conflicto, la carga de enfermedad que se avecina será insostenible: un peso que pondrá en jaque no solo al sistema sanitario, sino también a la posibilidad misma de construir una paz duradera.
En estado de sindemia
El concepto central que articula la investigación liderada por el profesor Cardona, es el de “sindemia”, es decir, la suma de múltiples factores adversos que no solo coexisten, sino que se potencian entre sí, multiplicando sus efectos. En Colombia, la pobreza, el despojo territorial, el desplazamiento forzado y la violencia se entrelazan con desigualdades históricas para configurar un escenario en el que la salud mental y cerebral de millones de personas se ve comprometida. Como explica el profesor, “un factor diferencial para que tengas un envejecimiento no saludable es estar expuesto a situaciones de riesgo, es no tener las necesidades básicas satisfechas”. No se trata solo de hambre, abandono o carencias materiales, la desigualdad en Colombia es también un determinante neurológico que acorta la vida saludable de comunidades enteras.
La evidencia científica refuerza esta afirmación. Estudios en Latinoamérica muestran que los países con mayores niveles de desigualdad registran reducciones en el volumen cerebral y alteraciones en la conectividad funcional, lo que se traduce en un deterioro cognitivo acelerado. En este marco, el conflicto armado y el desplazamiento no son simples contextos externos, sino determinantes neurológicos tan significativos como los genes o las enfermedades. El entramado adverso descrito se denomina como exposoma, que combina factores físicos, sociales y sociopolíticos que erosionan la capacidad del organismo para resistir, precipitando procesos de envejecimiento prematuro y debilitando la salud mental.
Un mecanismo clave para entender esta realidad es la de alostasis, que define la capacidad del cuerpo para adaptarse al estrés y mantener el equilibrio interno. No obstante, cuando la exposición a la violencia es constante —como ocurre en poblaciones desplazadas o sometidas a amenazas continuas— este mecanismo se quiebra. La respuesta biológica deja de ser suficiente, se instala un desequilibrio y comienza un desgaste interno que se manifiesta en el cuerpo y en el cerebro. Tal como señala el profesor Cardona, “se está interactuando continuamente con el contexto y eso va a determinar la forma como se vive y envejece. Entonces, para que haya una buena salud mental y cerebral tiene que haber una transformación social”. Reconocer esta sindemia es, en última instancia, comprender que la salud individual depende de un cambio colectivo y estructural.
Una agenda pendiente
El trauma psicológico que deja el conflicto armado no es un asunto privado ni puede considerarse secundario. Es un determinante clave de los derechos humanos, la salud pública y la posibilidad misma de reconstruir el tejido social. A pesar de esto, las prioridades de la política pública suelen enfocarse en infraestructura, empleo o restitución de tierras, dejando en segundo plano el cuidado psicológico. Esta omisión alimenta un ciclo de deterioro colectivo, pues sin sanar las heridas invisibles, la paz nunca será completa.
Frente a este panorama, los investigadores proponen la aplicación del enfoque One Health en Colombia. Esta perspectiva subraya la interconexión entre la salud humana, la salud animal y la salud ambiental, y permite entender que la crisis de salud mental no puede separarse de la degradación ecológica causada por la narco-deforestación ni de las desigualdades estructurales. Para avanzar, es necesario financiar investigación interdisciplinaria que articule neurociencia, salud pública y ciencias sociales, con el fin de comprender cómo la violencia se incrusta biológicamente y se transmite de manera generacional.

El desafío no se limita al terreno de la ciencia. Los planes de intervención deben construirse a la medida de las comunidades, reconociendo diferencias sociales y económicas. No son iguales las necesidades de una persona mayor de clase alta que las de alguien que se ha enfrentado al desplazamiento y la violencia en más de una ocasión. Por eso, las intervenciones deben ser diferenciales y co-diseñadas con las comunidades marginadas, para que respondan a realidades locales. Como advierte el profesor Felipe, la ciencia y la política deben trabajar juntas, no solo en Colombia, sino en toda América Latina, porque ningún país de la región está preparado para enfrentar el envejecimiento de poblaciones marcadas por el trauma.
Como un bosque que intenta reverdecer tras la tala, el país carga raíces desgarradas y suelos debilitados que aún guardan la posibilidad de renacer. Atender las huellas de la violencia no significa solo reconstruir lo perdido, sino cuidar los brotes frágiles que insisten en levantarse. Sanar esas cicatrices invisibles es hoy un reto ineludible para la paz.
La Universidad del Valle participó activamente en el Foro Educativo Departamental Casanare 2025, realizado por la Secretaría de Educación de ese departamento, con el propósito de aportar a la construcción colectiva del Plan Decenal de Educación 2026–2035, bajo el lema “Reflexiones y aportes para la transformación educativa en Casanare”.
El evento, realizado el 28 de octubre en la Institución Educativa Antonio Martínez Delgado de Yopal, reunió a maestros, directivos, comunidades indígenas y académicos de diversas regiones de ese departamento, en un espacio de diálogo sobre las prácticas pedagógicas, la interculturalidad y los desafíos de la educación contemporánea desde los territorios.
La jornada contó con la participación especial del profesor Edisson Cuervo Montoya, Vicedecano Académico de la Facultad de Educación y Pedagogía de la Universidad del Valle, quien ofreció la conferencia central titulada “El currículum y las teorías curriculares: claves para el cambio y transformación en educación”.
Durante su intervención, el profesor Cuervo destacó la importancia de repensar el currículo como una narración colectiva que dé voz a las comunidades y reconozca las múltiples epistemologías que habitan el territorio. Afirmó que “la transformación educativa no se decreta, se teje en los salones, en las veredas y en los encuentros cotidianos entre maestros y estudiantes”, resaltando el papel ético y político del conocimiento en la escuela pública.
El Foro integró además diez y ocho experiencias pedagógicas significativas, de instituciones educativas del departamento —entre ellas propuestas de educación indígena, arte, lengua materna, innovación, deporte y cultura— que demostraron cómo la educación casanareña se articula con la vida, la identidad y la esperanza. Estas iniciativas fortalecen la visión de un currículo vivo y situado, que conecta las raíces culturales con los nuevos lenguajes del conocimiento.
En las conclusiones del evento, el profesor Cuervo invitó a mirar el currículo como un viaje colectivo de transformación, evocando las palabras de José Saramago: “El fin de un viaje es sólo el inicio de otro... hay que volver a los pasos ya dados para trazar caminos nuevos a su lado.”
Con este espíritu, el Foro reafirmó que educar es un acto de amor, de memoria y de futuro, y que los territorios —como Casanare— son protagonistas en la construcción del nuevo horizonte educativo del país.
Finalmente, la participación de la Universidad del Valle en este encuentro reafirma su compromiso con la transformación educativa de las regiones y con la proyección nacional de su pensamiento pedagógico y curricular. Su presencia en el Foro Educativo Departamental de Casanare simboliza el diálogo fecundo entre la academia y los territorios, un gesto que fortalece la misión de la Universidad de aportar a la construcción de una Colombia más equitativa, plural y solidaria, desde la educación como bien común y horizonte de esperanza.
“El machismo es un complejo de acciones, de creencias y de comportamientos que están basados o que están constituidos por una ideología”. Pero pocas veces nos detenemos a pensarlo realmente. Este fue el tema central de una reciente emisión del programa radial Sanemos Juntos, conducido por Fulvia Carvajal, directora de Comunicaciones de la Universidad del Valle.
En este espacio, Harold Valencia, sociólogo de la Universidad del Valle y magíster en Políticas y Prácticas del Desarrollo Transdisciplinar, con una experiencia de más de 15 años, explicó cómo el machismo no es solo una actitud agresiva o autoritaria, sino una estructura cultural que está en muchos lugares como en las instituciones, en los medios, en la música, en el lenguaje cotidiano, entre otros.
Para él, el machismo es como un iceberg: "lo que se ve, las violencias físicas o sexuales, es solo la punta". Debajo está una base mucho más profunda, formada por ideas que se han naturalizado y sostienen el patriarcado. Sin embargo, esta problemática no solo afecta a las mujeres. El machismo también les hace daño a los hombres. Los obliga a no sentir, a competir sin parar, a demostrar fuerza a toda costa, incluso sacrificando su salud mental.
Desde su experiencia trabajando con grupos de hombres en distintos contextos, Valencia ha visto que cuando ellos encuentran un espacio para hablar de sus miedos y sus contradicciones, pueden empezar a cambiar de verdad.
Un ejemplo de esto, fue el trabajo con la Subsecretaría de Equidad de Género de Cali en la que se creó un programa con la empresa Taxis Libres. Cerca de 400 conductores participaron en talleres sobre discriminación, tratos respetuosos, entre otros. Muchos trabajan jornadas largas y sufren dolores físicos, obesidad y diferentes problemas de salud, pero cuando se les preguntaba por qué no compartían las responsabilidades económicas en casa, sus respuestas eran “por miedo a perder a sus parejas”.
Otro ejemplo es el programa Calma en Bogotá, una línea telefónica para hombres que buscan orientación y ayuda. Esta línea recibe más de 3.000 llamadas a la semana, principalmente para evitar acciones violentas. Esto muestra que ellos también necesitan espacios donde no sean juzgados por mostrar vulnerabilidad.
Según cifras de Medicina Legal, en Colombia se registraron 8.908 hombres y 732 mujeres como víctimas de homicidio. En cuanto a accidentes de tránsito, se reportaron 4.524 hombres y 974 mujeres fallecidos. Por su parte, los casos de suicidio alcanzaron las cifras de 1.448 hombres y 363 mujeres.
Es importante hablar de lo que pasa; lo que no se habla, se actúa sin conciencia, y a veces se hace daño. Por eso hablar es el principio para vivir mejor, no porque nos obliguen, sino porque es la forma de cuidarnos entre todos.

Decir que Brooklyn Follies no es una novela reveladora de la sociedad americana, es un fallo condenatorio. La voz poco ostentosa de quien relata la historia, es la de Nathan Glass, el personaje central, agente de seguros, jubilado con una jugosa suma mensual. Esa voz poco perturbadora tiene en la primera frase un tono pesimista, posee el poder de crear en el lector la desesperanza y la no posible redención -Estoy buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn-. El desaliento que irrumpe en este primer renglón, es el motor que pone en marcha las trescientas diez páginas de la narración, es la voz de alguien resignado, un ser anónimo que padeció tres décadas de matrimonio, el trabajo, el divorcio, y con resignación los rigores del cáncer.
Los primeros capítulos traslucen el pesimismo de quien presiente el fin de sus días y nos entrega su visión despiadada de Brooklyn, el barrio donde pasó la infancia. Es la derrotada visión del desahuciado, pero en la continuidad del relato, renglón tras renglón, sucede algo insólito, salimos de la tristeza y la pesadumbre, y en adelante el tono de muerte que parece ser el inevitable tono de la tragedia, se va tornando divertido, cambia de género, y se precipita a la comedia. El pesimista Nathan dialoga con los personajes de la multitud de esa nerviosa ciudad que es Nueva York, entra en las tribulaciones del barrio, propone soluciones a los problemas de sus conocidos y de sus familiares, le alcanza el tiempo para volver a conocer el amor; recuperar la salud, y todo porque lo redime el proyecto de escribir un libro al que titula “El libro del desvarío humano” que no es otro que Brooklyn Follies, el libro que el lector tiene en sus manos.
Paul Auster era un hijo dilecto de Nueva York, de esas calles, de esos bares, de sus librerías y restaurantes. Heredero de una de las especialidades de las letras norteamericanas: La soledad. No en vano uno de sus mejores relatos se titula –La invención de la soledad-. En las páginas de su ya extensa obra se siente la ruina existencial de Bartleby, el anacrónico personaje de Melville. Cuando lo leemos sentimos al eterno caminante de los barrios, percibimos al hombre de las multitudes de Poe. Auster, como lo fue Baudelaire en Paris, era el flaneur de una vasta ciudad creada en la literatura por Henry James y Truman Capote, y nacido de la profunda tradición de las letras americanas. La sutilidad de su prosa entra a veces en la metafísica y sus sentencias quieren expresar que, pese a la gran carga fatídica influjo de la adversidad, la felicidad puede encontrase. En ese momento pensamos que en su obra existe un arraigo del idealismo optimista y profético que sus antepasados Emerson y Thoreau conceptualizaron, a la vez que aceptamos el influjo del realismo moral y el sentido crítico y profético de Hawthorne y Melville; los dos elementos donde se encuentra asentado el espíritu americano.
En una entrevista Paul Auster declaró --Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente; “si te sientes realmente feliz debes de escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia” Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando la alegría de la vida -.
En esta novela todo suceso de la dramatización tiene un antecedente. Está construida bajo el principio de la causalidad. Sus historias desembocan en otras historias, los personajes que han fracasado en el amor encuentran el amor, los torpes negociantes encuentran algo de qué vivir. Son personajes que, a despecho del mundo moderno, están dispuestos a seguir la vida en busca de la redención. Ahí se nos presenta el feliz amor entre dos mujeres divorciadas de sus maridos, la niña genio maltratada por las equivocaciones de sus padres, el drogadicto redimido por el oficio del pastor cristiano, pero que postula mediante la moral un mundo perverso y morboso, la hija desatinada, el engaño de los villanos, el sobrino solitario que al final encuentra el amor en una gorda.
A las novelas de Auster les gusta la evocación y el recuerdo, de ahí radican tres virtudes y perfecciones denotadas en Brooklyn Follies. La primera es la eficaz concatenación de los hechos, ese elemento que los alemanes vieron en la tragedia del periodo ático, la influencia del obrar de los personajes en el destino de los otros. El segundo es la naturaleza nada esquemática del personaje central, un personaje que no se excede en benéficos rasgos humanos. La tercera, es imponer mediante la voz, la creación personal del creador, del artista y del hombre de letras, ya postulado por Poe como base a la autonomía del arte.
He escuchado la voz de Auster en distintas grabaciones, dando lecturas y entrevistas. Su inglés como la del poeta Carl Sandburg, se parece a su voz, es el idioma expresivo de las calles americanas, un inglés alejado del barroquismo y de la vanidad académica, pero más eficaz, nacido de la angustia, la tristeza, también de la alegría y la ilusión; tal vez cercano a la sinceridad, sin torpezas, renovado a diario por los oficios y por la cotidianidad de la gente. No está por demás agregar, que en ese inglés está la salud y el porvenir de la literatura del orbe.
Por: Edgard Collazos Córdoba.
La Universidad del Valle, desde 2002, ha fortalecido sus capacidades institucionales mediante la planificación estratégica por escenarios, entendida como una responsabilidad colectiva para construir el futuro. Los Planes Estratégicos de Desarrollo (PED) reunieron equipos multidisciplinarios que crearon una cultura de anticipación y generaron una curva de aprendizaje que permitió distribuir capacidades de planificación y ejecutar con mayor participación y rapidez ejercicios institucionales complejos, pluritemporales y multiescalares (e.g., los PED o las acreditaciones institucionales de alta calidad).
Entre las grandes familias de métodos de construcción de escenarios disponibles, el Comité Técnico a cargo de la formulación del PED optó por la escuela de la Lógica intuitiva (Bradfield et al., 2005), adecuada para contextos caracterizados por la heterogeneidad cognitiva, etaria y cultural de las y los participantes. Se caracteriza por ser un proceso cualitativo y participativo, basado en la “intuición disciplinada”, que produce 2–4 escenarios igualmente plausibles, con criterios de alta calidad, así como coherencia interna y comprensibilidad. Específicamente, el proceso de construcción de estos escenarios se desarrolló a través de tres talleres realizados entre noviembre y diciembre de 2024 en Ciudad Universitaria Meléndez (Cali) y en la seccional de Tuluá, a saber: Cali (13-11-2024) y Tuluá (21-11-2024) para elaborar los escenarios; y Cali (20-12-2024) donde se socializó creativamente tres escenarios (tendencial, catastrófico y contrastado), por medio de una lectura dramatizada inspirada en un Cuento de Navidad de Charles Dickens, para facilitar su apropiación estética, cultural y pedagógica. Además, se aprovechó para recoger insumos para la elaboración del escenario apuesta.
Un escenario no es: Una predicción o pronóstico del futuro, ya sea de una tecnología, comportamiento, organización o sistema. Un escenario es una narrativa multimodal (Kalantzis & Cope, 2024, p. 16), coherente, integradora, creíble, sistemática, comprensible y plausible; acotada en el tiempo, el espacio, una cultura particular y con propósito de lo que podría acontecer en el futuro a una persona, tecnología, grupo social, organización, institución o territorio, en que se identifican y exploran las relaciones de incertidumbre, ambigüedad y complejidad de sistemas sociales complejos.
A continuación, se presenta de manera resumida el escenario deseado de la Universidad a 2035. Este escenario presenta una visión retadora/inspiradora, que orienta el horizonte estratégico de la Universidad. Parte de la convicción de que las IES pueden convertirse en sistemas vivos de aprendizaje, cuidado y co-creación de valor público.
Formación pertinente y de calidad: La Universidad desarrolló un ecosistema de aprendizaje posmedia integral, articulado con la educación media, otras IES y la industria. Alcanzó la excelencia académica y diseñó nuevos programas de pre- y posgrado flexibles, inter/transdisciplinarios y con certificación internacional.
Conocimiento que impacta: La investigación se conviertió en el motor del desarrollo sociocultural, tecno-económico y ecológico del suroccidente colombiano. Se articularon diversos sectores en esquemas de quíntuple hélice, se desconcentró las ACTI, se concertaron agendas de investigación regionales y glocales, y se desarrollaron nuevos modelos de reconocimiento y medición de la actividad investigativa.
Extensión y Proyección Social: Construyendo vínculos con la región y el mundo: La universidad se posicionó como un modelo de innovación socio-ecológico y territorial, logrando la acreditación institucional de alta calidad multicampus. Se fortaleció la relación con la empresa y el Estado, se reorientaron las actividades hacia la Responsabilidad Social Universitaria y se consolidaron redes de colaboración nacional e internacional.
Bienestar Universitario: Incluyente, diverso, equitativo e intercultural: Se consolidó como la IES más incluyente, diversa y equitativa de Colombia. Se concertó un nuevo modelo de Bienestar que trasciendió el “asistencialismo” y se enfocó en los Derechos Humanos, fortaleciendo integralmente la salud física, mental, emocional y afectiva de toda la comunidad universitaria.
Construcción de paz, convivencia y sustentabilidad socio-ecológica: La universidad se transformó culturalmente, logrando una convivencia armónica entre pares y con el ambiente. Se abordaron integralmente todas las formas de violencia, se renovó el ethos universitario y se actualizó la política ambiental, liderando la transición energética en el suroccidente colombiano.
Evolución Digital Estratégica. Apropiando la transformación digital e Inteligencia Artificial: Se logró la plena transformación digital institucional a través de la apropiación pedagógica, investigativa y administrativa de la convergencia tecnológica. La comunidad universitaria fue el centro de este proceso, desarrollando el pensamiento crítico, sistémico y creativo.
Sostenibilidad financiera, la transformación administrativa, de la infraestructura física y tecnológica para el futuro: Se logró la sostenibilidad financiera, la modernización de la estructura organizacional (profesoral y administrativa) y la transformación de la infraestructura física y tecnológica. Se aumentaron los ingresos propios, se disminuyó la dependencia de la financiación estatal y se modificaron los modelos mentales hacia una cultura de ahorro y uso eficiente de los recursos.
La implicación estratégica fundamental del escenario deseado exige pasar de “archipiélago” (atomización/individualidad) a “ecosistema” (interdependencia/pensamiento sistémico complejo). Para materializar esta visión de futuro en la próxima década es necesario: (1) trabajar decidida y concertadamente en mejorar la convivencia y resolver los conflictos manifiestos y latentes entre pares. Esto implica revisar los modos de relacionamiento y sociabilidad que fomentan las estructuras organizacionales actuales (a nivel de unidades académicas, procesos y áreas); (2) concertar visiones compartidas de futuro, o sea, no imponer(se); (3) renovar dialógicamente y apropiarse política, legal y socio-pedagógicamente, de un nuevo ethos universitario; y (4) concertar/negociar, con suficiente tiempo y con toda la comunidad universitaria, las políticas institucionales: transformación digital; igualdad y equidad de género; paz y cultura, etc. Finalmente, implica reflexionar si es necesario (a) una nueva reforma curricular; (b) pensar nuevos modelos de financiación (con más autonomía financiera sin detrimento de su función pública); (c) co-diseñar nuevas estructuras de gobernanza y gobernabilidad que supone transitar hacia un modelo de universidad multicampus.
Por: Andrés Fernando Valencia M.
Profesor asociado
Escuela de Ciencias del Lenguaje
Flexibilizar los programas para que cada estudiante cree su propia combinación entre las artes, las ingenierías, las ciencias y las humanidades fue uno de los elementos claves de la inauguración de la Semana de la Ingeniería de la Universidad del Valle.
“Diversificarse, atreverse a aprender música, ciencias e ingenierías”, es uno de los consejos que dio José Darío Perea, doctor en Ingeniería de Materiales, científico y empresario, quien contó que su éxito se basa en crear conexiones entre distintas áreas del conocimiento . Él es egresado del pregrado y Maestría en Física de nuestra universidad, ha trabajado con la Universidad de Toronto, fue parte de la Misión de Sabios de Colombia y es astronauta análogo de la NASA.
Estas recomendaciones hicieron parte de una conferencia que José Darío Perea dio durante el acto de apertura de la Semana de Ingeniería, que se realiza entre el 12 y el 14 de noviembre en la Sede Cali.
Equipo de astronautas análogos, entre los que está Juan José Perea
Como parte de la programación se llevó a cabo un foro con los decanos de las facultades de Ingeniería de algunas universidades de Cali, con el propósito de discutir los retos que se plantean en la formación de los futuros profesionales de este campo del conocimiento.
El promedio de ingreso a las universidades está entre los 15 y 17 años, situación que invita a reflexionar sobre los modos de enseñanza y que exige que las universidades “deban pensar en competencias emocionales, sociales y ecológicas para que ellos tengan una formación ciudadana”, señaló Luis Eduardo Tobón, director del programa de Ingeniería Electrónica en la Pontificia Universidad Javeriana de Cali.
Además “es falso que las nuevas generaciones no leen o no investigan”, enfatizó Angélica Burbano, jefa del Departamento de Industria Sostenible de la Universidad Icesi, quien resaltó que el rol de las instituciones es “motivarles para que entiendan que su trabajo puede transformar el mundo”, sobre todo, ante los retos climáticos y sociales actuales.
La inteligencia artificial, la ciencia de datos y la computación cuántica es un imperativo, “pero eso debe incorporarse a trabajar en la solución de problemáticas de inequidad social y ambiental que permitan potenciar nuestro talento y nuestra inteligencia humana”, expresó Lyda Peña Paz, decana de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Básicas de la Universidad Autónoma de Occidente.
“Aplicar la automatización de procesos al estudio y desarrollo de materiales es un camino indispensable”, enfatizó el doctor José Darío Perea, quien presentó su trabajo en paneles solares y añadió que “el estudio de materiales es un campo de gran potencial en el país, debido a su riqueza de suelos, arenas y condición climática que ofrece gran exposición al sol durante todo el año”.
El desarrollo de nuevos programas académicos en campos como la ingeniería cuántica y la ingeniería nuclear, son algunas de las propuestas de la Facultad para responder a las nuevas necesidades del sector.

El cuerpo es nuestra posibilidad real de ser visibles ante el mundo. A través de él construimos una historia propia, un registro de nuestro paso por la vida que configura lo que llamamos corporalidad. Bajo esta premisa se desarrolló el taller “Territorios de la Corporalidad Diversa”, un espacio de creación, reflexión y encuentro que hizo parte de la Cátedra Abierta Institucional: Diálogos de las Diversidades, realizada en Bellas Artes Institución Universitaria del Valle.
Desde la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación - OTRI de la Universidad del Valle se realizó la transferencia de la metodología del taller, diseñado y liderado por la docente Claudia Mallarino Flórez, quien resaltó la importancia del acompañamiento recibido por las gestoras de la Unidad de Innovación Social de la OTRI para la puesta en marcha y el alcance de este proceso formativo con enfoque sensible, creativo y humano.
Durante la jornada, los participantes vivieron un recorrido íntimo y colectivo. En un primer momento, escribieron una experiencia personal significativa que marcó sus vidas. Posteriormente, transformaron esos relatos en expresiones artísticas a través del dibujo y otras formas creativas. Este ejercicio dio paso a un espacio de escucha activa y reconocimiento del otro, permitiendo que los recuerdos individuales encontrarán puntos de conexión.
Como cierre simbólico, el grupo construyó una red tejida colectivamente, representando los vínculos creados durante el proceso y resaltando el valor de la identidad compartida en el trabajo colaborativo.
En esta experiencia, Andrés González, estudiante de la Universidad del Valle, destacó el impacto del taller en el fortalecimiento de la comunidad, la exploración del cuerpo como territorio y la reflexión sobre la forma en que compartimos nuestras vivencias desde lo individual hacia lo colectivo.
Por su parte, la egresada de Univalle María del Mar Vergara afirmó que “los espacios que ofrece la OTRI son muy enriquecedores, brindan herramientas para conectar saberes y crecer personal y profesionalmente”.
Estas iniciativas reafirman el compromiso de la transferencia de conocimiento desde metodologías que promueven el diálogo, el reconocimiento de la diversidad y la construcción colectiva
En 2025 se celebran diez años de la Estrategia de Acompañamiento y Seguimiento Estudiantil (Ases) de la Vicerrectoría Académica, una iniciativa que busca impactar en la permanencia y graduación de los estudiantes de pregrado de la Universidad del Valle.
ASES diseña e implementa estrategias de acompañamiento a los estudiantes de las diferentes cohortes que ingresan a la Universidad, bien sea por condición de excepción o como beneficiarios de los programas del Estado para el acceso a la educación superior, para su proceso de adaptación, autoconocimiento y transformación frente a las nuevas exigencias que les plantea su vida como universitarios.
Desde su creación en el año 2016, como parte del programa Ser Pilo Paga, la Estrategia Ases ha logrado acompañar a más de 13.000 estudiantes, inicialmente en la sede de Cali, pero desde el año 2025 la estrategia abarca todas las sedes de la Universidad.
“Paralelamente al acompañamiento que brindamos, hemos hecho un seguimiento al desempeño académico de los estudiantes, a sus indicadores de permanencia, hemos vinculado procesos de investigación para evaluar el impacto de las intervenciones y esta confluencia de acciones han permitido demostrar la efectividad de Ases y ha contribuido también a la formación de nuestros estudiantes, tanto quienes son acompañados como quienes son monitores que en el proceso de interacción y de apoyo a sus compañeros generando nuevas herramientas, nuevas habilidades que serán fundamentales en su proceso académico y personal” asegura Andrés Barbosa, coordinado de la Estrategia Ases.
Acompañamiento entre pares
Uno de los principales componentes de esta estrategia es el acompañamiento de pares en la que monitores y monitoras, vinculados a Ases, apoyan a los estudiantes en su experiencia de vida universitaria, como lo explica Yauri Viera de el equipo socioeducativo de la Estrategia “nuestros monitores son nuestros ojos, nuestras manos, nuestra palabra y nuestro corazón. Ellos son los encargados de acompañar día a día los estudiantes dentro de las diferentes experiencias que ellos tengan”. Semanalmente los monitores deben encontrarse por lo menos una vez por semana con los estudiantes en el programa de acompañamiento, creando un espacio espontáneo, jovial y de confianza en el que se abordan temas relacionados con la disciplina, necesidades académicas específicas y aspectos más personales como la familia y la vida universitaria.
Ases brinda las herramientas metodológicas y prácticas para que los estudiantes monitores puedan desarrollar ese tipo de encuentros “no queremos que los encuentros sean como una encuesta, lo que buscamos es que sea algo mucho más interactivo, vivencial y que reconozca que lo que estamos como evocando aquí, un ejercicio completamente humano que si bien tiene un carácter institucional y tiene unos objetivos también académicos, nuestro objetivo principal es fortalecer aspectos como la permanencia y que su rendimiento académico pues sea estable, permanente y fructífero” concluye Yauri Viera.
Ases en la región
Desde este año la Estrategia Ases tiene presencia en todas las seccionales de la Universidad, beneficiando a muchos estudiantes que ingresan a la institución en condición de excepción. En el territorio y los municipios las necesidades y las condiciones de los estudiantes pueden ser diferentes a las que se presentan en Cali: “ Nosotros priorizamos a los estudiantes que ingresan por condición de sesión y acompañamos de manera general a estudiantes de primer y segundo semestre. De este modo, esas necesidades específicas, las que nosotros atendemos, es acompañar a los estudiantes en el proceso de adaptación al contexto universitario, pero también entendiendo el tema del territorio, el tema de la seguridad, de promover el tema del autocuidado y la integridad.Cuando se presentan situaciones de violencia”, explica Lizeth Daniela Muñoz, profesional de apoyo de la estrategia en la Seccional Pacífico.
La posibilidad de construir un campus sostenible y equilibrado está profundamente arraigada en la relación con la tierra
Avanzar en la elaboración de un Plan de la Biodiversidad es uno de los objetivos que se trazó la Red Internacional de Campus Sostenibles (ISCN, por sus siglas en inglés), durante su reunión con las instituciones de educación superior del departamento.
Esta reunión fue liderada por Emilio Latorre, quien se desempeñó durante 30 años como docente de la Universidad del Valle. Esta red reúne a 120 universidades de todo el mundo y su objetivo es trabajar para que los campus universitarios sean sostenibles. De allí que, desde la COP16, esta red se asoció con la Universidad de Oxford para fomentar la construcción de Planes de Biodiversidad.
Esta idea es acogida por la Red Universitaria de Campus Sostenibles -RUCAS, a la que pertenece la Universidad del Valle con la Sección de Servicios Varios y Gestión Ambiental. La institución ha hecho grandes avances en la protección de los acuíferos, el manejo de residuos y la pedagogía; aun así, para Latorre, los esfuerzos deben seguir creciendo.
Albergar especies nativas: Va más allá de plantar árboles nativos, sino plantas herbáceas y plantas medianas que produzcan alimento para la fauna. Esto significa no intervenir la flora para permitir que crezcan de forma natural. Igualmente, implica tener un inventario de especies y protegerlas.
Educación en biodiversidad: Debe tener educación para que la comunidad universitaria aprenda y conozca la biodiversidad de la zona y empiece a replicar las prácticas de conservación, tanto en los campus, como en otros espacios.
Una Universidad abierta a la comunidad: La universidad puede ser un “laboratorio vivo”, donde las personas puedan conocer y observar las plantas que se han sembrado, su crecimiento e interacción con otras y cómo están atrayendo fauna.
El establecimiento de estas áreas requiere un cambio en la percepción estética y la cultura de mantenimiento. El profesor Emilio Latorre señala que ha visto universidades en Brasil donde se implementan estas áreas.
Inicialmente, alguien podría acercarse y pensar: "Uy, ¿qué es ese sitio tan feo?". Sin embargo, se aclara que son sitios que han sido dejados expresamente para que la flora crezca libremente, permitiendo que la otra flora y la fauna también prosperen.
Este ejemplo subraya que un campus sostenible y biodiverso debe trascender la idea de un jardín pulcro y artificialmente mantenido, adoptando un enfoque donde la naturaleza puede desarrollar sus propios términos de crecimiento, lo cual fortalece la matriz cultural y ecológica del campus.
La idea de áreas de libre crecimiento es tan solo uno de los componentes del Plan de Biodiversidad que pueden crear las instituciones, con metas claras a 5 u 8 años.
