El 11 de junio de 2025 se conmemora una fecha especial para la Universidad del Valle y toda su comunidad académica: los ochenta años de fundación de esta Alma Máter. A lo largo de estas ocho décadas, la institución se ha consolidado como uno de los pilares centrales del desarrollo científico, social y cultural del suroccidente de Colombia, además de ser una de las principales instituciones de educación superior pública del país.
Mediante la Ordenanza N° 12 del 11 de junio de 1945, la Asamblea Departamental creó la Universidad del Valle, con lo que inicia uno de los proyectos culturales más significativos en la primera mitad del siglo XX para el departamento y para la educación superior en Colombia. El fundador fue don Tulio Ramírez, quien se desempeñaba en ese momento como rector del Instituto Antonio José Camacho, un hombre visionario que creyó en el potencial de los jóvenes de la región y pensó en el proyecto de formación de científicos, administradores e ingenieros que pudieran acompañar y liderar el desarrollo industrial de este departamento.
La Universidad comenzó su funcionamiento en octubre de ese mismo año con cuatro programas: comercio superior y administración de negocios, ingeniería química, arquitectura e ingeniería eléctrica. Este proyecto académico inició con 173 estudiantes. La primera sede fue un local situado en las inmediaciones del antiguo Batallón Pichincha, en el actual Centro Administrativo Municipal. Luego se trasladó a las anteriores instalaciones del Claustro de Santa Librada, en la Carrera 4ª con Calle 13.
Hoy Univalle cuenta con diez facultades: Ciencias de la Administración, Salud, Ingeniería, Humanidades, Ciencias Naturales y Exactas, Artes Integradas, Ciencias Sociales y Económicas, Psicología, Educación y Pedagogía, Derecho y Ciencia Política; con campus en Cali, Buenaventura, Yumbo, Palmira, Zarzal, Cartago, Caicedonia, Tuluá, Buga y Santander de Quilichao (Norte del Cauca), así como nodos en municipios como Sevilla, Candelaria, Florida, Jamundí, Miranda y Suárez, estos dos últimos en el departamento del Cauca. Su influencia se irradia al eje cafetero, a la región pacífica y al norte del Cauca.
La Universidad cuenta con 35 mil estudiantes, que provienen de cerca de 600 municipios de Colombia más de 138 mil egresados. Con corte a noviembre de 2024 la Universidad tiene registros de 383 programas académicos, de los cuales, 240 corresponden a Cali (87 de pregrado y 153 de posgrado) y 143 a sedes, seccionales y convenios (123 pregrado, 20 posgrado) entre los cuales de destacan 25 doctorados, la oferta doctoral más importante del suroccidente de Colombia
El papel que ha desempeñado la Universidad ha sido clave para impulsar el desarrollo de esta región. Sus estudiantes, docentes, funcionarios, trabajadores y egresados son una muestra del compromiso con la excelencia, la calidad, la investigación, la innovación y el pensamiento crítico. Esta comunidad ha generado invaluables aportes, desde los diferentes campos del saber, para el devenir de la sociedad colombiana.
El cuerpo docente lo integran investigadores e investigadoras con los más altos niveles de formación, articulados a 250 grupos de investigación, quienes han contribuido desde las aulas y laboratorios universitarios, en el posicionamiento de la Universidad en diferentes rankings nacionales e internacionales. En áreas como la ingeniería, salud, educación, artes, biología, memoria y paz, por citar algunas de ellas, la comunidad académica ha generado múltiples propuestas que no solo fortalecen el conocimiento, sino que han permitido la generación de políticas públicas y respuestas a algunas de las necesidades más apremiantes de la sociedad.
El potencial de la Universidad del Valle no solo se expresa en el saber, sino también en la sólida vocación social de la institución. Ha sido reconocida en diferentes momentos, como una de las IES más incluyentes del país, gracias a sus políticas para el acceso a la educación superior, de bienestar, entre otras. Por ello, el Ministerio de Educación Nacional le renovó el año pasado la acreditación institucional en alta calidad por diez años, distinción que comparte con seis universidades más.
Esta efeméride es una oportunidad para resaltar los aportes de los docentes que han contribuido a la formación de miles de jóvenes que han ingresado a las aulas, con el sueño de formarse en una de las instituciones de educación superior más importantes del país. Los ochenta años de esta Alma Máter nos invitan a pensar en el futuro, en esa visión institucional que juntos, como comunidad académica, debemos construir de cara a la celebración del centenario de la universidad. Es un momento para reafirmar nuestro compromiso con la reflexión, con el avance de la ciencia y del saber, para afirmar con profunda convicción que, de la mano de todos los actores y fuerzas vivas de la región, seguiremos construyendo futuro.
Cada año, miles de colombianos enfrentan el dolor y el largo camino de la recuperación tras una fractura grave. Para jóvenes como Elián Hernández, estudiante de Ingeniería Industrial de la Universidad del Valle, el fijador externo, como se conoce al dispositivo de estabilización ósea para la inmovilización de ciertas fracturas, ha sido un compañero inseparable desde sus dos años.
Por ser deportista de waterpolo y tener una condición congénita que lo ha llevado a siete cirugías de alargamiento con el uso de fijadores externos, Elián es uno de los candidatos idóneos para validar el dispositivo diseñado por la Universidad del Valle orientado a mejorar el proceso de recuperación de fracturas.
De la creatividad a la usabilidad
De cada 100 ideas brillantes que nacen en las universidades, apenas un puñado, quizás solo el 1% salen del laboratorio y llegan al mercado. Ese es el gigante reto de la transferencia tecnológica, una promesa para que la investigación universitaria sea apoyada y la creatividad se materialice en soluciones concretas. Pero lograrlo es un proceso complejo en el que distintos actores deben estar en el lugar y el momento adecuado.
“La transferencia tecnológica es un proceso estratégico para la gestión del conocimiento y la innovación que se desarrolla en las universidades” explica Jalime Zúñiga, gestora de innovación de la Universidad del Valle. Ella se dedica a crear las condiciones propicias para que actores claves de la industria, la sociedad y la academia se conozcan y trabajen en conjunto, dado que las buenas ideas deben llegar a la empresa o comunidad correcta para que juntos puedan adaptarla al mercado.
Por su parte, Angélica Ortiz, directora ejecutiva de Implemeq, señala: "No es suficiente con tener un producto que se vende muy bien, es necesario seguir innovando para poder mantenerse en el mercado y el mejor aliado para ello son las universidades". Considera que, el desarrollo industrial del país se relaciona con el avance tecnológico y la producción nacional.
El desarrollo que nació en las aulas y laboratorios de la Universidad del Valle sería apenas una idea, si no fuera porque poco a poco los actores se han ido alineando para que el fijador externo pueda ser posible. Gracias a un ejercicio de vigilancia tecnológica donde participaron distintas empresas y universidades, Implameq, una empresa especializada en fabricación e importación de implementos de salud, vio el prototipo y captó su atención a primera vista. Tras un primer acercamiento identificaron el potencial de esta propuesta y no dudaron en evaluar su viabilidad.
Modelo de fijador externo
Ingeniería para sanar los sueños
La instalación de un fijador externo, ya sea en el fémur, la tibia o el peroné, es un procedimiento de fuerza y precisión. En lugar de abrir por completo la zona de la fractura, un especialista en ortopedia y cirugía hace pequeñas incisiones en la piel, lejos de la herida principal. A través de ellas, inserta unos clavos o pines especiales directamente en el hueso, por encima y por debajo de la ruptura. Estos clavos sobresalen de la piel y se conectan a un armazón metálico rígido que queda en el exterior de la pierna.
El resultado es asombroso: 'Con ajustes precisos en este armazón, el equipo médico alinea y estabiliza los fragmentos del hueso, creando las condiciones perfectas para que el hueso comience a regenerarse de manera natural', explica Elián Hernández, quien gracias a su experiencia no solo domina la teoría, ha vivido esta realidad en su propio cuerpo. Estas intervenciones operaciones no solo han mejorado su salud, sino que le han permitido desarrollar todo su potencial en waterpolo universitario, una pasión que encontró luego de abandonar el parkour porque su cuerpo no podía recibir impactos fuertes.
Sin un fijador las personas con fracturas no podrían sanar de forma adecuada y sus músculos, tendones y ligamentos se atrofiarían. Eso llevaría a que situaciones congénitas como las de Elián no se subsanaran, como tampoco las fracturas por accidentes de tránsito.
Para el año 2023 en Colombia, el mayor motivo de las consultas ortopédicas fueron las lesiones a causa de accidentes de tránsito con 30.000 personas valoradas. Una cifra que equivale a llenar seis veces una piscina olímpica con todas esas personas de pie y apiñadas. Se podría llenar una sola piscina tan solo con quienes tengan una enfermedad congénita como la de Elián. Lo que da cuenta de la necesidad de estos implementos médicos.
Los secretos del laboratorio: innovación con sello colombiano
El proceso de desarrollar un fijador externo ha sido similar a como se construye un puente de soporte fuera del cuerpo. El reto ha sido mantener y cambiar la posición de las columnas constantemente. Por eso, el médico traumatólogo Andrés Machado Caicedo decidió resolver el acertijo de optimización de los fijadores externos con docentes de Ingeniería Civil y Geomática de la Universidad del Valle, quienes cambiaron el cemento y las vías por fragmentos de aluminio, fibra de carbono y carros de tres centímetros. El profesor José Jaime García lidera el equipo interdisciplinar en el que ortopedistas, especialistas en Ingeniería Civil, de materiales y diseño industrial que dejan volar su imaginación.
¿Cómo crear un sistema que sea más cómodo para el paciente? ¿Cómo asegurar una estabilidad torsional óptima en el riel? ¿Qué mecanismo garantiza que la prensa se ajuste con precisión milimétrica sin aflojarse? Cada pregunta es un desafío que se aborda con cálculos exactos, simulaciones y la construcción de prototipos iniciales.
Este es núcleo de la innovación donde Univalle logró el cambio radical al Dispositivo de fijación externa. Su diseño busca optimizar la mecánica de estos dispositivos: permite que los 'clamps' o carros que sujetan las varillas al hueso, tengan movilidad en distintas direcciones, sin necesidad de desensamblar el fijador, una ventaja que los modelos actuales no ofrecen. Esto se traduce en un mejor servicio y comodidad para el paciente.
Equipo de la Universidad de Valle e Implameq
El precio de la dependencia y la apuesta por lo propio
Con costos entre los 30 y 50 millones de pesos por unidad, y al menos una fractura diaria, la pandemia dejó el aprendizaje de que el país no puede depender de un mercado externo, a través del cual se importan cerca de 518 toneladas de dispositivos ortopédicos al año, una cifra que viene creciendo cada año con la necesidad de garantizar la recuperación de los pacientes.
Esta dependencia no sólo encarece los tratamientos, también hace vulnerable al país ante cualquier interrupción en las cadenas de suministro globales, tal como sucedió en el 2021. Es por este motivo que Implameq busca, no solo importar implementos médicos, sino también producirlos.
'Cada mejora, por mínima que parezca, se convierte en un beneficio gigante' afirma Elián. Él recuerda que, al principio, los fijadores eran más pesados, más grandes, lo que lo hacía propenso a que transeúntes despistados se tropezaran con él. Además, enfatiza: 'La calidad de los clavos debe ser suficiente para prevenir las infecciones'. Por eso, sin conocer este nuevo producto a fondo, su mayor esperanza es que sea accesible y de alta calidad para todos los que lo necesiten.
Hacia la producción masiva: un camino de ajustes y alianzas
Antes de llegar a la producción masiva, el equipo de Implameq pide a los profesionales del laboratorio de fabricación digital y biomecánica de la Universidad calcular la "tolerancia", es decir, que cada parte debe ensamblar con otra incluso en cambios de hasta 5 milímetros. Esto se hace al considerar que algunos materiales se expanden más que otros o puede haber una diferencia milimétrica en la fabricación. A lo que se suma el valor de cada insumo, que se vende por gramo y en el que cada parte debe ser costeada.
"Estamos evaluando qué máquinas de las que ya tenemos pueden hacer parte de la cadena de elaboración de este fijador, lo cual nos ayudaría a agilizar y ahorrar costos", explica Angélica Ortiz.
Marcaciones de arriba, abajo, dirección de cerrado, son los últimos detalles que hacen la diferencia entre un diseño y un equipo ortopédico aprobado. Todo esto hace parte de lo que se discute en las reuniones mensuales para lograr que en el fijador esté listo para pasar a la fase de fabricación a gran escala. Mientras este futuro se hace posible, Elián se prepara para su octava cirugía, anhelando que no interrumpa ningún torneo de waterpolo.
Hoy celebramos 80 años de la fundación de nuestra Universidad del Valle.
Han sido ocho décadas de una historia marcada por la excelencia académica, la investigación de impacto y la proyección social, en la que no solo hemos formado profesionales, sino también ciudadanos que aportan a la construcción de un país más justo y equitativo.
Sin embargo, hoy no solo remembramos el pasado, sino que también reafirmamos nuestro compromiso por construir un porvenir donde la educación sea el motor que impulse la transformación social.
Universidad del Valle, 80 años construyendo el futuro de las y los vallecaucanos para Colombia y el mundo.
Guillermo Murillo Vargas, Ph.D.
Rector
Durante quince días, Cali fue una ciudad más verde, más hablada, más caminada. Se llenaron los hoteles, se encendieron los teatros, se activaron los parques. La COP16 fue más que una cumbre de expertos en biodiversidad, también fue un encuentro vivo entre el mundo y una ciudad que se puso a la altura. Dos economistas de la Universidad del Valle se propusieron descubrir qué le dejó la COP16 a la ciudad.
Por: Salomé Andrea Mizrachi
Estudiante de Comunicación Social
Agencia de Noticias Univalle
Quien caminó por Cali en octubre de 2024 fue testigo de cómo la capital del Valle se convirtió en un organismo vivo con calles al ritmo de pasos provenientes de todas partes del mundo. A lo largo de la ciudad se desplegaron intervenciones artísticas, jornadas de sensibilización ambiental, conversatorios, exposiciones, entre otras tantas actividades que invitaban a pensar el futuro del planeta. Cali no fue la sede de la COP16, fue su corazón palpitante.
Detrás de la música, los debates y las pancartas, hubo algo profundo: un movimiento que dejó marcas en la economía local, en el turismo, en la manera como la ciudad se piensa a sí misma. Medir ese impacto no es contar dinero ni personas, es preguntarse cómo un evento internacional transforma lo cotidiano. Es necesario saber qué quedó cuando se apagaron las luces y cómo ese pulso sigue latiendo.
Por eso, desde el Centro de Investigaciones y Documentación Socioeconómica (CIDSE) de la Universidad del Valle, un equipo liderado por los profesores Harvy Vivas, doctor en Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona y actual decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, y Javier Castro, doctor en Estudios Políticos de la Universidad del Externado, realizó una evaluación del impacto socioeconómico de la COP en Cali. Con encuestas, entrevistas y análisis de datos, construyeron un informe que no solo habla de cifras, sino también de la ciudad.
Cifras que hablan claro
Durante la COP16 se activaron sectores claves de la economía local, se observó cómo restaurantes, hoteles, transporte y comercio sintieron el impulso de esos días intensos. El profesor Harvy Vivas señala que lo importante no fue únicamente cuánto se gastó, sino lo que generó en la ciudad: aumentaron empleos, ingresos y lo que se conoce como valor agregado, es decir, la capacidad real de una región para generar riqueza y bienestar. “Hubo impactos muy importantes sobre valor agregado, sobre ingresos operativos de las empresas que fueron elevados”, explica. Esto significa que muchas empresas aumentaron su actividad, incrementaron sus ventas y crecieron.
Saber qué dejó un evento de esta magnitud no solo es crucial para gobiernos o universidades, sino para toda la ciudadanía, porque cuando se habla de cinco mil empleos generados en la primera semana de la COP, no se habla de números abstractos. Se habla de familias que llevaron más ingresos a casa, de personas que encontraron una oportunidad laboral en un momento difícil. “Generar esta cantidad de empleos no es fácil y mucho menos en una economía donde las tasas de desempleo son elevadas y existen altos niveles de informalidad”, explica el profesor Vivas. Cada empleo genera una cadena que permite un alza en el consumo y mayor tranquilidad en el hogar. “Implica tener una mayor disponibilidad de ingresos para estudio, recreación, salud, y a su vez genera efectos indirectos sobre el bienestar de las personas”, agrega.
A este impulso económico se suma otro resultado. Por cada peso invertido por la Alcaldía de Cali, se generaron cuatro en beneficios económicos. Y detrás de los datos, la cooperación fue igual de valiosa. “Se vio un ejercicio de gobernanza efectivo entre lo público y lo privado, con beneficios tangibles”, resalta Vivas. El sector académico, la sociedad civil y el empresariado coincidieron en esfuerzos, generando una especie de “círculo virtuoso” que vale la pena repetir, según el profesor.
La ciudad también se transformó simbólicamente, zonas verdes como el corredor del río Cali, la zona de biodiversidad y espacios públicos recuperados se llenaron de vida y conversación. Ese impulso ciudadano es parte del legado menos visible, pero potente, que dejó el evento y fue consagrado en la Evaluación de impacto económico y social de la COP16 sobre la actividad económica del distrito de Santiago de Cali.

Bajo la lupa de muchos ojos
La ardua tarea de analizar todas estas cifras para realizar un informe sobre la magnitud que tuvo la COP16 no era posible con tan solo las manos de dos profesores. Así que al equipo se unió un extenso grupo de personas que hizo posible la recolección y el análisis de la información a través de métodos cualitativos y cuantitativos. Participaron expertos en investigación provenientes de distintas disciplinas como la sociología y las comunicaciones, claves para entender las cinco dimensiones que se habían propuesto analizar: económica, de percepciones, de valoración, mediática, y de comunicaciones y difusión. También se contó con un equipo de monitores y el apoyo técnico de la Asociación Hotelera y Turística de Colombia - Cotelco, encargada de aplicar los cuestionarios creados por el CIDSE.
Esta experiencia fue un reto personal y profesional para el profesor Harvy, quien había sido nombrado recientemente como decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas. Aunque ya había dirigido estudios de este tipo sobre la ciudad alrededor de eventos como la Feria de Cali, la COP16 planteó un desafío único por ser una cumbre abierta, con participación masiva y eventos distribuidos por toda la ciudad. “Representaba un reto poder captar esas cinco grandes dimensiones, siendo riguroso y respetando la aplicación de los diferentes instrumentos” menciona.
La investigación no se vivió desde los escritorios. El profesor estuvo en el terreno, caminando por las Zonas Verde y Azul, asistió a eventos académicos y conferencias. Junto a sus colegas estuvo en los espacios donde había una mayor circulación de población y lo que lo marcó fue ver cómo el río Cali se convertía en un escenario vivo para hablar de sostenibilidad y biodiversidad. “Se mostró como sitio de congregación, de confluencia, de interacción, no solamente alrededor de la salsa, sino también alrededor de temas ecológicos” comenta Vivas.
Más allá de los modelos, los cálculos y las matrices, la experiencia dejó huella. “Para mí fue motivo de regocijo, ver las magnitudes del impacto y poderlo compartir”, recuerda el profesor, quien valora este trabajo como una oportunidad única para proyectar a Cali como una ciudad sensible a los temas ambientales y capaz de albergar eventos de talla mundial.
Lo que no se debe perder
Cuando termina un evento como la COP16, es fácil que las cifras queden guardadas en un archivo, que los afiches se borren de las paredes y que los discursos se pierdan entre nuevas noticias. Pero detrás de todo lo que pasó durante esos días en Cali, se dio una transformación real que merece ser comprendida. Por ello, resulta necesario examinar las evaluaciones de impacto.
Aparte de mostrar lo que ocurrió, estos estudios ayudan a entender el pasado reciente y a prepararse mejor para lo que viene. “Si una ciudad como Cali va a apostar por eventos de gran magnitud, al menos tiene estos antecedentes que le dicen «Oiga, Mire, Vea, por cada peso invertido se generan tantos impactos»”, señala Vivas. Sumado a esto, conocer cómo se usaron los recursos públicos —más de 125 mil millones de pesos entre aportes locales y nacionales— permite evaluar con rigor qué funcionó y qué se puede mejorar.
Entonces, ¿cómo asegurarse de que todo lo que se logró no se pierda entre el ruido de lo cotidiano? El profesor lo resume con claridad: “Yo diría que hay que conservar el sello distintivo de Cali como una ciudad biodiversa, que puede traer resultados sorprendentes aprovechando todo el entorno ecosistémico que tenemos en la ciudad y en la región”.
Es decir, que lo sembrado durante esas dos semanas siga creciendo. Que los farallones, los ríos, los humedales, —ese “corazón verde” de la ciudad— no vuelvan a ser solo paisaje, sino parte de un proyecto colectivo. “Yo me imagino una Cali del futuro en la que podamos explorar un turismo ecológico de alto nivel, competitivo en el escenario internacional”, dice Vivas, con la esperanza de una ciudad que combine participación ciudadana, visión académica y gobernanza pública.
Si Cali fue un organismo vivo durante la COP16, ahora el desafío es mantener ese pulso. Que la sensibilidad y la proyección que dejó no sean apenas un recuerdo, sino una hoja de ruta para lo que viene.
Por Salomé Mizrachi Medina, Agencia de Noticias Univalle
“No podemos permitir que la alimentación se convierta en una relación sufrida. Comer debe ser un acto amoroso”
Es normal que a lo largo de la vida cambiemos nuestra relación con la comida: en los gustos, en las cantidades, en los horarios. Sin embargo, hay momentos en los que esas transformaciones dejan de ser simples adaptaciones y se nos convierten en un problema. Un problema que, en la mayoría de los casos, no tiene que ver solamente con el alimento, sino con la forma en que nos percibimos a nosotros mismos.
El tema “Trastornos en la alimentación. De comer demasiado a no comer nada” fue el eje central de una reciente emisión del programa radial Sanemos Juntos, conducido por Fulvia Carvajal, directora de Comunicaciones de la Universidad del Valle. En este espacio, Carolina Zapata Galeano, médica egresada de la Universidad Libre y médica psiquiatra de la Universidad del Valle, compartió su experiencia profesional sobre este tema que afecta a tantas personas.
La relación con la comida se construye desde el nacimiento. A lo largo de la vida, se moldea según nuestras vivencias, crisis personales o situaciones emocionales. “A veces, la comida funciona como un flotador emocional: algo que nos ayuda a transitar el dolor o la ansiedad”, comenta la médica. Pero cuando este vínculo se convierte en la única herramienta para enfrentar la realidad, cuando se prolonga en el tiempo, cuando se transforma en una obsesión, debemos detenernos y prestar atención.
Para la psiquiatra, hay señales que no se pueden ignorar: la preocupación excesiva por el peso, la distorsión de la imagen corporal, la pérdida progresiva de peso, especialmente en adolescentes, y el cambio en la forma de relacionarse con el alimento.
La médica Carolina Zapata advierte que muchas veces la pérdida de peso no es notada a tiempo por la familia. A veces pasan semanas, meses, incluso años, antes de que alguien se dé cuenta de que un adolescente ha perdido seis o siete kilos, por eso es importante compartir las comidas en familia, observar, conversar, prestar atención a lo que se dice y a lo que no cuando se está en la mesa.
El gusto por ciertos alimentos también habla de nosotros. Muchas personas encuentran refugio en los dulces, y no es casualidad: el azúcar suele estar vinculado a recuerdos de la infancia, a momentos de tranquilidad o, en contraste, a momentos de gran ansiedad.
También hay factores económicos y de tiempo que afectan la alimentación. En un mundo acelerado, muchas veces se opta por alimentos ultraprocesados que no requieren preparación, a costa de una nutrición adecuada.
El entorno social y cultural también tiene un gran impacto. Hoy, los modelos de belleza impuestos por las redes sociales promueven cuerpos extremadamente delgados, muchas veces inalcanzables, y eso genera una presión constante, sobre todo en los jóvenes. Cada cuerpo es distinto y tiene su propia estructura. La médica insiste en que es fundamental aceptar esa corporalidad y construir desde ahí una relación sana con el cuerpo y la comida. No se trata de encajar en un molde, sino de entender quiénes somos y qué necesita nuestro organismo.
Esta presión social también se vive con fuerza en disciplinas como la danza, el modelaje o el deporte, donde se exige un patrón corporal específico. Por ejemplo, en los últimos años, la cultura coreana ha influido notablemente en adolescentes que buscan replicar la apariencia de sus ídolos: quieren su delgadez, su tipo de piel, su dieta. En ese intento, muchas veces terminan adoptando conductas alimentarias extremas que los afectan profundamente.
Los trastornos alimentarios no son una moda ni un estilo de vida. Son enfermedades médicas serias que afectan tanto la salud física, como la emocional. Pueden causar daños en órganos vitales, alteraciones hormonales, problemas gastrointestinales, deficiencias cognitivas, entre otros. En los casos más graves, se cronifican. Las cifras son alarmantes: entre el 10% y el 20% de los casos pueden volverse permanentes, y de ellos, el 10% termina en muerte. El 5% se relaciona directamente con el suicidio.
La anorexia, por ejemplo, se manifiesta en la pérdida significativa de peso, la restricción alimentaria, los ayunos prolongados y el uso de laxantes o vómitos inducidos. En adolescentes mujeres, un signo alarmante es la desaparición de la menstruación, lo que indica que el cuerpo ya está comprometido nutricionalmente.
En la bulimia, en cambio, se alternan atracones de comida con episodios de culpa y vómito. Estos comportamientos pueden presentarse incluso en adultos, y tienden a volverse repetitivos e incontrolables.
Sin embargo, para muchas personas, acudir al psiquiatra sigue siendo una decisión difícil. Todavía existe un estigma, un temor asociado a la locura o a lo irreversible, por eso es tan importante explicar que “el tratamiento no solo involucra medicamentos para estabilizar procesos biológicos, sino también un acompañamiento emocional, una escucha profunda que ayude a sanar desde la raíz. Ambos enfoques deben ir juntos”.
“Cuando una persona llega a consulta, el primer paso es entender en qué momento del trastorno se encuentra. Algunos pacientes están comenzando y no necesitan medicación; otros requieren atención médica urgente y un equipo interdisciplinario: nutricionistas, psicólogos, pediatras, endocrinólogos, trabajadores sociales y, en muchos casos, la familia porque el síntoma no siempre pertenece solo al paciente. A veces es la expresión de un entorno familiar silenciosamente enfermo. Muchas adolescentes, por ejemplo, heredan sin saberlo los mandatos de una madre obsesionada con la delgadez, que pesaba la comida, que vivió a dieta toda su vida. Estos mensajes quedan instalados en el inconsciente y pueden manifestarse años después, sin que nadie lo note”, señala.
Carolina Zapata lo resume con una frase que suele repetir a sus pacientes: “El cuerpo es la casa que habitamos y esa casa debe estar bien por dentro.” Cada cuerpo es único, y no todo lo que funciona para uno funcionará para otro. Por eso, más allá de modas o tendencias, lo más importante es tener una alimentación adecuada a nuestras necesidades reales, guiada por profesionales que nos ayuden a hacerlo con conocimiento, respeto y cuidado.
Fue una mujer quien fundó la primera universidad del mundo
Por: Edgard Collazos Córdoba
Profesor Escuela de Estudios Literarios
Doscientos veintisiete años después de la muerte de Mahoma en Medina, Fatima al- Fihiri fundó la primera universidad del mundo en Marruecos; y en el año 1088 después de Cristo, los monjes cristianos en la Edad Media fundaron en Bolonia, Italia, la primera universidad de Europa.
Fátima al- Fihiri era hija de emigrantes de Cairuan. Había llegado a la ciudad de Fez, con sus padres, huyendo de las controversias sociales y políticas. De niña, su padre, un rico comerciante, le impartió educación universal y la instruyó en el único mundo que consideraba debía existir: el universo de los libros y el estudio. A su muerte, Fátima, iluminada por sus deidades, tuvo la genial e insólita idea de invertir su enorme herencia en fundar una institución educativa, y así fue, como inició la construcción el primer día del Ramadán o el noveno mes del calendario islámico, caracterizado por el riguroso ayuno diario del amanecer hasta la salida de los astros; esas largas horas dedicadas a la reflexión y a la intensa lectura e interpretación del Corán.
La construcción duró dos años, tiempo en el que Fátima extendió su Ramadán y ayunó día a día, quizás solicitando la ayuda de Alá, quien escuchó el fervor de sus oraciones y permitió que el proyecto educativo se llevara a un final feliz.
La Universidad de Al Qarawyyin está situada en el corazón de Fez, en una plaza conformada por una enorme y sagrada biblioteca, y una mezquita. En el inicio solo se leía el libro sagrado, pero poco a poco los discípulos de Al Qarawiyyin se formularon más preguntas y así se transformó en una institución universitaria, donde se enseñó lingüística, gramática, medicina, música y astronomía. Su influjo en el mundo occidental fue tan vasto, que el Papa Silvestre Segundo, en el siglo X, después de asistir a sus claustros, introdujo los números arábigos en Europa y Maimonides, el filósofo judío, en la rigurosidad de esas aulas, trazó las primeras ideas de su filosofía.
Doscientos veintisiete años después, en Bologna, inspirados por centenares de preguntas imposibles de responder, tal vez bajo el precepto socrático “solo sé que nada sé” y de la filosofía nominalista de Aristóteles, en la Edad Media, época de cruzadas religiosas y escolástica, cuando se trataba de apoderarse de Jerusalén y de unir razón y fe, los monjes cristianos, hacia el año 1088, fundaron la primera universidad de occidente.
Nació de las escuelas monásticas capaces de reunir una comunidad de intelectuales a la que llamaron en latín Universitas magistrorum et scholrium, comunidad que evolucionó y fue imitada en toda Europa donde florecieron las universidades que hoy conocemos, instituciones donde hasta en nuestros días el espíritu de Al Qarawiyyin y la Universitas Magistrorum prevalece intacto, quizás porque en esas dos partes del mundo el saber es una forma de acercarse a lo divino o es un designio que seguirá inspirando a oriente y occidente.
¿Has escuchado pequeños chirridos entre las ramas de los árboles? Corren, se persiguen, se detienen, se observan y vuelven a jugar. Su cola larga y esponjosa, su color rojo anaranjado y sus ágiles movimientos las delatan: son las ardillas de cola roja.
Por Melissa Pantoja Osorio
Agencia de Noticias Univalle
Esta especie, científicamente conocida como Sciurus granatensis, es nativa de América Central y del norte de Sudamérica. Su hábitat abarca desde Costa Rica hasta Ecuador, incluyendo amplias regiones de Colombia. Se trata de un animal diurno, arbóreo y, en general, solitario, aunque puede observarse en grupos durante la época reproductiva, en zonas de alimentación o cuando cuida a sus crías.
La cola de estas ardillas no solo es vistosa, sino también funcional. Les ayuda a mantener el equilibrio mientras se desplazan entre las ramas, les sirve de abrigo en climas fríos y actúa como un medio de comunicación con otras ardillas. Esta versatilidad ha sido clave para su éxito evolutivo y su adaptación a diversos entornos.
Un dato curioso sobre esta especie: las ardillas hembras son territoriales y defienden activamente su espacio frente a otras hembras vecinas, mientras que los machos, en cambio, son mucho más tolerantes entre sí.
Estos mamíferos juegan un papel ecológico fundamental: son dispersoras de semillas. Al alimentarse de frutos y semillas, muchas veces las entierran o esconden como reserva para épocas de escasez. Además, su dieta omnívora incluye insectos y pequeños vertebrados, lo que demuestra su gran capacidad de adaptación alimenticia.
Según el biólogo Óscar Enrique Murillo García, docente del Departamento de Biología de la Universidad del Valle, las ardillas comenzaron a colonizar la Ciudad Universitaria de Meléndez a finales de la década de 1990. Desde entonces, se han distribuido ampliamente por el campus, estableciendo una población saludable. “Se reproducen con frecuencia y se observa una población estable. Todo indica que pueden mantenerse en el futuro si se siguen preservando sus condiciones de vida”, señala el docente.
Desde la biología, las ardillas ofrecen lecciones fascinantes, gracias a su excelente memoria espacial: recuerdan con gran precisión dónde dejaron cada reserva. Esta habilidad, explica el profesor Óscar Murillo, podría ser clave para futuras investigaciones sobre el funcionamiento de la memoria y algunas enfermedades.
A pesar de su adaptabilidad, las ardillas enfrentan serias amenazas. En ambientes urbanos, los principales peligros provienen de los animales domésticos, especialmente perros y gatos, que pueden cazarlas. Otra amenaza es el ser humano: su apariencia tierna y simpática lleva a que algunas personas intentan capturarlas como mascotas, lo cual representa un grave error. Las ardillas son animales silvestres y deben mantenerse en su entorno natural.
En ambientes rurales, estos mamíferos se enfrentan a depredadores naturales como los monos capuchinos y las boas. Sin embargo, estas especies no se encuentran en áreas urbanizadas como el campus."
Las ardillas hacen parte de la vida cotidiana en el campus de Univalle. Con el tiempo, se han convertido en compañeras silenciosas, en curiosas observadoras de pasillos y árboles.
En el marco de la celebración de los 80 años de la Universidad del Valle, exaltamos su presencia como símbolo de convivencia con la naturaleza, como ejemplo de adaptación, y como recordatorio de que la biodiversidad también tiene un lugar dentro de la ciudad.
Cuidarlas, respetarlas y aprender de ellas es, también, una forma de celebrar nuestra historia y proyectar un futuro más consciente y sostenible.
Un proyecto de la Universidad del Valle y la Fundación POHEMA busca salvar vidas al identificar, desde etapas tempranas, a las familias más vulnerables al abandono del tratamiento oncológico infantil.
Por Isabel Cristina Aguado Becerra
Agencia de Noticias Univalle
En los pasillos de los hospitales pediátricos se libra una batalla silenciosa. Mientras los médicos luchan contra el cáncer, otra amenaza pone en riesgo la vida de los pequeños pacientes: el abandono del tratamiento.
En Colombia, se diagnostican aproximadamente 1,700 niños con cáncer al año. De estos, el 9% abandona el tratamiento, una cifra que en poblaciones vulnerables puede superar el 12%. Aunque muchos regresan eventualmente, las brechas prolongadas en la atención tienen un impacto mortal: la mayoría de estos niños no logra sobrevivir a la enfermedad.
En las últimas décadas, el abandono del tratamiento ha disminuido en ciudades como Cali, pasando del 30% a cerca del 6%, gracias a estrategias como la navegación de pacientes y el uso de la herramienta RADAR. Esta fue desarrollada por un equipo de investigadores liderado por la profesora Elvia Karina Grillo (Universidad del Valle), en colaboración con el doctor Óscar Ramírez (Fundación POHEMA), con el objetivo de anticiparse al abandono y salvar vidas.
Detectar el riesgo a tiempo
El proyecto RADAR (Red de Alerta para el Abandono del Tratamiento en Cáncer Infantil) nació de una pregunta urgente: ¿cómo detectar, desde el inicio, cuáles pacientes tienen mayor riesgo de abandonar su tratamiento? La respuesta fue una herramienta predictiva que, con solo tres variables, permite clasificar a los pacientes en riesgo bajo, medio o alto.
“Las razones del abandono del tratamiento son sociales, culturales y económicas”, explica el doctor Óscar Ramírez, pediatra oncólogo, epidemiólogo y coordinador del sistema de vigilancia de resultados clínicos de niños con cáncer (VIGICANCER). “No todos los niños tienen el mismo riesgo de abandonar el tratamiento y es importante tenerlo en cuenta al momento del diagnóstico, para intentar prevenir este evento que impacta la supervivencia”.
El cáncer puede presentarse a cualquier edad, el infantil es aquel que se presenta en menores de 15 años. Algunos cánceres en esta edad son curables y no recibir tratamiento o abandonar el tratamiento dejándolo inconcluso tiene consecuencias devastadoras. “En algunos estudios, más del 80 % de quienes interrumpen la terapia mueren debido a recaídas que podrían haberse prevenido”, advierte Ramírez.
Una escala clara para tomar decisiones oportunas
A partir del análisis de 5.442 casos con 355 abandonos se identificaron tres variables claves que aumentan el abandono:
-Régimen subsidiado: indicador de vulnerabilidad económica.
-Residencia rural: dificultades geográficas y de acceso al sistema de salud.
-Vivir en una zona sin unidad de oncología pediátrica: barreras institucionales.
Con base en estos datos, se asigna una puntuación que ubica a la familia en una categoría de riesgo: verde (bajo), amarillo (intermedio) o rojo (alto). Esta clasificación, que se aplica en menos de tres minutos durante la primera semana del diagnóstico, permite activar intervenciones adaptadas a cada caso: si una familia es clasificada en riesgo alto, una trabajadora social interviene de inmediato para identificar posibles barreras—como dificultades económicas o falta de apoyo familiar—y coordina acciones con el equipo médico y psicosocial para evitar que el niño interrumpa el tratamiento.
“La escala es sencilla, se aplica en menos de tres minutos y se usa en la primera semana del diagnóstico”, añade Ramírez. Estos factores fueron ponderados y transformados en una escala de puntajes que traduce el perfil de cada paciente en una probabilidad concreta de abandono.
Por ejemplo, los niños que no tienen ninguno de los factores de riesgo presentan una probabilidad de abandono cercana al 2%, similar a la de países con sistemas de salud más desarrollados. En cambio, cuando un niño presenta los tres factores de riesgo al mismo tiempo, la probabilidad de abandonar el tratamiento sube al 12%.
Entre ambos extremos se sitúan los casos intermedios: por ejemplo, un niño con aseguramiento subsidiado, pero que vive en una ciudad con servicios oncológicos, tiene una probabilidad de abandono de alrededor del 7%.
RADAR fue rigurosamente evaluada con distintos métodos y en diversos contextos clínicos, lo que respalda su confiabilidad y efectividad.
Las consecuencias del abandono del tratamiento
El cáncer infantil es poco frecuente, pero se encuentra entre las primeras diez causas de muerte en la niñez. En Colombia, la incidencia —es decir, la cantidad de nuevos casos que se presentan en un periodo determinado— es de aproximadamente 140 a 155 casos por cada millón de menores de 15 años cada año. Sin embargo, los datos siguen siendo fragmentados y poco precisos. “Ni siquiera sabemos con certeza cuántos niños con cáncer hay realmente en el país”, admite el doctor Óscar Ramírez. Esta falta de información confiable dificulta la toma de decisiones clínicas y de política pública, subrayando la necesidad de contar con herramientas como RADAR, que permiten anticiparse a riesgos concretos como el abandono del tratamiento.
El reto de implementar lo que ya funciona
Aunque la escala RADAR aún no se ha implementado de manera completa debido a limitaciones de financiamiento, ya se han identificado diversas estrategias basadas en evidencia local e internacional para reducir el abandono del tratamiento en niños con cáncer, especialmente en las familias clasificadas en riesgo alto (categoría roja).
Una de las intervenciones más prometedoras es la navegación de pacientes, una estrategia – generalmente liderada por enfermería – para identificar y eliminar barreras que afectan el acceso y continuidad del tratamiento. Esta práctica ha mostrado ser efectiva en adultos en países de altos ingresos, como Estados Unidos. Estos programas han mostrado una reducción significativa en la frecuencia de abandono del tratamiento.
Otra estrategia clave son las redes de apoyo psicosocial, que buscan crear vínculos comunitarios entre familias afectadas. En países como India, voluntarios comunitarios brindan acompañamiento emocional a las familias en zonas rurales, mientras que grupos de apoyo facilitan la conexión con otras familias que han superado el cáncer infantil, ofreciendo testimonios y motivación que fortalecen la adherencia al tratamiento.
Incluso, para disminuir la deserción, algunas experiencias han probado incentivos como la entrega de mercados o subsidios de transporte durante las sesiones de quimioterapia en Brasil. No obstante, estas medidas dependen en gran parte de recursos externos y no atacan las causas estructurales que generan el abandono, lo que limita su sostenibilidad a largo plazo.
Por último, la telemedicina y los sistemas de recordatorios mediante llamadas o mensajes se presentan como herramientas complementarias para mejorar la comunicación con los pacientes y garantizar el cumplimiento de las citas médicas.
Estas intervenciones, sumadas a la detección temprana que ofrece RADAR, tienen el potencial de transformar la atención del cáncer infantil en Colombia. Sin embargo, el principal desafío sigue siendo la inversión y el compromiso institucional para llevarlas a la práctica y garantizar que lleguen a quienes más las necesitan.
Ciencia desde lo local para transformar realidades
Más allá de su efectividad, esta herramienta prueba que la ciencia arraigada en realidades locales ofrece las mejores respuestas para problemas complejos como el abandono terapéutico en oncología pediátrica. “Conocer la realidad local es indispensable para intervenir con sentido”, subraya Ramírez. “RADAR demuestra que sí se pueden desarrollar herramientas racionales, simples y efectivas desde nuestros propios datos”.
El proyecto también ha sido reconocido por la comunidad científica. En febrero de 2025, recibió una Mención de Honor en la categoría “Mejor tesis de maestría o doctorado en salud humana (inédito)” en los Premios de la Academia Nacional de Medicina a la investigación científica.
La doctora Elvia Karina Grillo, directora de RADAR, ha sido distinguida a nivel nacional e internacional. Su liderazgo en el desarrollo de esta herramienta en el Registro Poblacional de Cáncer de Cali y con datos de VIGICANCER, la convirtió en la primera colombiana en recibir el galardón de joven investigadora por la Sociedad Internacional de Oncología Pediátrica, un reconocimiento que resalta su compromiso con la medicina y con la equidad en el acceso al tratamiento.
El cáncer infantil no perdona interrupciones y después de tener un periodo de 4 semanas sin tratamiento se reducen las posibilidades de curación. RADAR ha demostrado que es posible anticipar esto, transformando datos en acciones concretas que pueden salvar vidas.
Hoy, este proyecto sigue esperando en los archivos de la investigación, listo para dejar el papel y convertirse en el vigía que nuestro país necesita para proteger a sus niños. Su mensaje es claro: el abandono del tratamiento puede predecirse y, por ende, puede evitarse. El resto depende de nuestra voluntad colectiva para escuchar esas alertas y actuar con prontitud.
Porque en la batalla contra el cáncer infantil, la primera victoria es no rendirse y RADAR ya nos ha dado las herramientas para avanzar con decisión.
La Universidad del Valle fue creada el 11 de junio de 1945. Este año cumple 80 años, una oportunidad invaluable para reconocer los aportes de generaciones visionarias de docentes, funcionarios, trabajadores, estudiantes y egresados y seguir construyendo futuro.
La fundación de Univalle marcó un hito para la región y para la educación superior en Colombia. A lo largo de estas ocho décadas, Univalle ha sido un pilar en la generación de conocimiento, porque ha impulsado la investigación en ciencia, tecnología e innovación. Su aporte ha transformado la región y el país, fortaleciendo en el país sectores clave y formando profesionales y científicos que han impactado el desarrollo social y económico de Colombia.
También ha trabajado de la mano con el sector productivo, transfiriendo tecnologías y creando soluciones a partir del conocimiento generado en sus aulas y laboratorios. Esto la ha posicionado como un referente nacional en innovación ambiental y social.
Como parte de su conmemoración institucional, la Universidad del Valle lanzó la estrategia “80 años construyendo futuro”, que incluye un proyecto especial: el videopodcast “80 años, 80 voces”. Además de ser un homenaje, este videopodcast destaca los valores que han definido la historia de Univalle: educación, liderazgo, innovación y compromiso social.
Esta serie la componen cápsulas audiovisuales en las que integrantes de la comunidad universitaria, egresados, académicos, administrativos y estudiantes comparten en 80 segundos reflexiones y recuerdos que han marcado su paso por la institución.
La universidad no se define únicamente por su infraestructura o sus logros académicos, sino por las personas que la hacen posible. Son ellas quienes le dan vida y sentido. A través de esta iniciativa, se busca visibilizar sus voces y fortalecer la identidad institucional.
Cada testimonio parte de una pregunta central que invita a la reflexión. Este formato permite que en solo 80 segundos se capture la esencia de cada historia, con autenticidad y cercanía.
Las 80 voces representan la diversidad y riqueza de Univalle. Líderes institucionales, directivas, exrectores, docentes, investigadores, funcionarios, egresados hablan sobre el impacto de la Universidad del Valle, de cómo la institución contribuyó al desarrollo de ciertos sectores y también cómo ha impactado en sus vidas personales. La salud, la medicina, la administración, las sedes y seccionales, la educación, la industria, la cultura, la ciencia, el conocimiento son algunos de los ejes que atraviesan estos contenidos.
Cada cápsula es una invitación a revivir momentos memorables y reconocer el impacto de la Universidad del Valle como motor de transformación. Un viaje por sus 80 años, contado por quienes la han construido.
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¿Una universidad sin sede propia? Hace 40 años, en 1986, esa idea sonaba inverosímil. La Universidad del Valle ofrecía carreras en siete municipios, pero la gente dudaba de la titulación. "Tocaba ir a convencer, casi como si vendiéramos una ilusión", recuerda Gerardo Valdés, testigo y uno de los protagonistas del inicio del Sistema de Regionalización.
Las clases se impartían en colegios, en el SENA, Juntas de Acción Comunal o coliseos. Las directivas tejían alianzas con alcaldías y líderes locales, convencidas de que el conocimiento debía llegar a cada rincón, incluso cuando el camino era invisible.
Curiosamente, los adultos fueron los primeros en creer. Gerardo Valdés, dueño del bar Utopía en Buga, un santuario de música protesta y boleros, se unió a esta gesta. A su negocio llegaron las y los profesores, compartiendo ideas para atraer estudiantes. "Así pasé de la bohemia a la academia", cuenta Gerardo Valdés, quien al graduarse se convirtió en profesor y coordinador del programa de Contaduría.
El ingreso masivo de la juventud
Con las primeras promociones egresadas, estudiar en la Universidad ya no era una idea lejana. Era una oportunidad real. Dora Millán, actual jefa financiera de la seccional Norte del Cauca, fue una de esas jóvenes. A sus diecisiete años, en 1996, se matriculó en "Tecnología en Sistemas" en su sede local y se convirtió en la menor de su generación.
La fama de la Universidad trascendió. A Kudson Gómez la prueba de Estado no le alcanzó para estudiar en Cali, pero su padre trabajaba en la industria portuaria y le sugirió estudiar en la Sede Pacífico (hoy Seccional). "¡Buenaventura me enamoró!", exclama Kudson, "es una ciudad intermedia que lo tiene todo, nos conocemos y aquí he hecho mi vida". Él decidió quedarse al lado del mar, encontrando en su sede no solo una profesión, sino un hogar.
Más allá de las clases: cuando la universidad se llenó de vida propia
Asistir a clases fue solo el comienzo. La universidad es vida, horas libres, "recocha", amistades. El boom cultural y deportivo llegó con las edificaciones propias. Las canchas dieron paso a juegos intersedes y a viajes por los nueve municipios, tejiendo una hermandad universitaria.

El Festival de la Canción que conectó a una sede
En Buga la música es el latido de la comunidad. En 1996, estudiantes de Contaduría emprendieron una odisea para acompañar a Luis Fernando Santos, un talentoso joven seleccionado para el Festival Estudiantil de la Canción en Santa Marta. "Vendimos rifas, lechona, postres y parte de nuestros pobres recursos", añade Gerardo Valdés. El viaje fue una aventura de risas y complicidad. Luis llegó a la final, demostrando el talento regional. Esta experiencia inspiró el fomento del canto y la música en las actividades de bienestar universitario.
Hoy, la seccional de Buga cuenta con un reconocido programa de Licenciatura en Música, una Estudiantina, la Orquesta de Guitarras, El Coro Magno, la Banda Filarmónica, Ensamble de Jazz y Percusión, y el Taller de Ópera. Así como una constante participación en festivales musicales, entre ellos el destacado Mono Núñez, en el que nuestros estudiantes de los conjuntos Pa otra parte Trío, la Orquesta de Cuerdas y el Quinteto Don Miguel se presentaron de manera destacable.
El festivo antídoto para la violencia: El Mate y el Guarapo
En Tuluá la Tecnología en Alimentos, programa de gran participación empresarial, fortaleció las actividades extracurriculares con sus conocimientos en bebidas fermentadas. En 1988, la sede Tuluá fue pionera en la gestión cultural. En una época de violencia y narcotráfico, propusieron una fiesta andina del Sol y la Luna.
"Recogíamos botellas todo el año, las lavábamos y pintábamos", rememora Alexander Aponte, quien a sus diecisiete años se prometió dirigir "El Mate y el Guarapo". Años después lo lideró como Coordinador de Bienestar Universitario. Actualmente, Alexander vive en Bogotá y hace parte del circuito artístico de la capital.
El Festival del Mate y el Guarapo demostró que la cultura podía ser el antídoto más potente contra la oscuridad. Este evento llegó a congregar hasta 10.000 personas sin una sola pelea y contó con la participación de artistas de talla internacional como Esteman, Chocquibtown y Andrea Echeverri.
Este evento y el Encuentro de Teatro Regional son las actividades insignia de esta sede, que no serían posible sin el liderazgo de la bibliotecaria Luz Marina Arango, una gestora cultural que ha acompañado a cientos de estudiantes en su pasión por las artes.

Las tardes en la Plazoleta de las Musas
En Buenaventura, la Plazoleta de las Musas es el epicentro de tertulias y el "corrinche". Por allí pasaron egresadas notables como la actual presidenta de la Cámara de Comercio de Buenaventura Alma Araujo Portocarrero. Hoy, las nuevas generaciones se inspiran allí antes de sus parciales.
En esta plazoleta la visita de Chocquibtown a Buenaventura en el 2008 es una historia que no puede faltar: "Cantaron 'Somos Pacífico' tres veces por la emoción del público", comenta Edwin Gallego. Él estudió Tecnología en Sistemas y ahora como empleado ha visto crecer a esta seccional que ha brindado la posibilidad de un trabajo estable a muchos egresados. En la actualidad, la Seccional Tecnologías en Desarrollo de Software, Gestión, Logística Portuaria, Trabajo social, Contaduría Pública, Administración de Empresas y la Licenciatura en Arte Dramático.

Del mar a la montaña Cartagueña
Al recorrer el Campus el Rosario en Cartago, la temperatura baja perceptiblemente en contraste con el centro de este municipio. Este campus es uno de los más arborizados y ofrece tecnologías enfocadas en integración ambiental y ecología. En sus salones se gestan proyectos empresariales como SkriBio SAS, del egresado Johnny Hernández, dedicado a la producción de lápices y cuadernos biodegradables. Este negocio al que dedicó su tesis fue expuesto por primera vez en la feria de emprendimientos con éxito arrollador.
En esta misma feria también participó de joven Rigo Alexander Vega, docente de la Especialización en Alta Gerencia, y un líder en la región con una empresa funeraria que genera más de 80 empleos directos y aproximadamente 40 o 50 indirectos, que dan cuenta del impacto de los egresados en el tejido empresarial y social de la región.

Caicedonia: entre las pasiones de sembrar y leer
Estudiantes y docentes se unieron para crear el Mercado Campesino en el campus María Inmaculada de Caicedonia, allí todos los habitantes iban a comprar y a vender sus productos. Los límites entre la universidad y esta región cafetera son invisibles. Por allí pasaron con amor docentes como Sandra Bastidas (q.e.p.d), Luis Javier Herrera, César Esquilo, Carlos Mateus.
Proyectos de recuperación de semillas con adultos mayores hacen parte de las clases de la tecnología agroambiental, así como las visitas a hospedajes y fincas cafeteras están en el corazón de la Tecnología en Gestión de las Organizaciones Turísticas y Administración de Empresas.
Otra de las actividades más características de esta sede es la Tertulia Literaria, una iniciativa de egresados de la Licenciatura en Literatura que hoy conforman el grupo Sinergia. En cada sesión la creación con el cuerpo, la voz, el movimiento, la lectura y la escritura dan cuenta que la literatura es un arte vivo.

Conocimiento ancestral y liderazgo para el Comercio Justo en Santander de Quilichao
En la seccional Norte del Cauca, las ferias de emprendimiento potencian el Comercio Justo. El estudiantado combina conocimientos campesinos, indígenas y afrodescendientes con marketing estratégico, y el apoyo universitario, quien asesoró a este municipio para que fuera la segunda ciudad de Comercio Justo en Colombia.
Esta postura social se refleja en la acogida de Estudios Políticos y Trabajo Social (presente en 7 de las 9 sedes), fortaleciendo procesos sociales. "Tener paciencia y creer, no bajar la calidad", es el lema del profesor Alejandro Morante, quien ve a sus estudiantes formarse como líderes regionales. Esta sede es un faro de equidad y empoderamiento comunitario, que hoy se extiende por Miranda, Suárez y Jamundí.

En Palmira, las ingenierías y las humanidades encuentran su equilibrio
En Palmira la mayoría de univallunos se movilizan en bicicleta y hasta el estudiantado foráneo compra una para gozar de esta ciudad plana con vías largas, que se presta para ser recorrida sin esfuerzos. Aquí la educación inició con carreras agroindustriales que apoyan los cultivos de ají, papa, cebolla larga, fríjol y caña. Sin embargo, el espíritu deportivo de sus estudiantes abrió la Licenciatura en Educación Física y Deporte, atrayendo talentos.
También abrieron Psicología y Licenciatura en Literatura. Esta última fue la "salvación" para Adrianis quien, inscrita en ingeniería "porque era lo que había", leía a Andrés Caicedo y las obras de Chéjov. Ella se matriculó a escondidas en la Licenciatura en Literatura. Hoy, esta gestora cultural trabaja feliz en la biblioteca de Comfandi, atrayendo a grandes y chicos a la lectura. De esta seccional son inolvidables los pasillos largos, la biblioteca de dos pisos y la huerta, visitada por todos en busca de aguacates.

Las voces de Zarzal transforman calles y comunidades
En Zarzal voces de mujeres y hombres se forman con sensibilidad y propósito. Ingenierías, matemáticas y trabajo social, marcan la historia de esta Sede. Una es Isabella López, egresada de Ingeniería Industrial y amante de los animales, creó Doggy Buffet, una empresa que ofrece una alternativa saludable para mascotas, demostrando cómo la academia fomenta la innovación con impacto social
Famoso también es el mural por el derecho a decidir y la incidencia de las estudiantes en el abordaje de las violencias de género. Una bandera que Aura Isabel lleva muy alto como egresada de Trabajo Social. Ella ingresó a esta carrera con curiosidad y al saber que se fundamenta en el trabajo comunitario, la eligió como camino.
Aura hizo un trabajo destacable con mujeres de Trujillo y posteriormente abordó la participación política de las mujeres artesanas de Roldanillo. Su liderazgo y compromiso la llevó a ser la representante de estudiantes madres en la Universidad del Valle y la visibilización de sus realidades, antorcha que como egresada el año pasado entregó a otras estudiantes madres.

Ensamble de Rock e ingenierías en Yumbo
Una de las sedes nuevas es Yumbo. Su historia empezó en abril de 1994, en el municipio de mayor desarrollo industrial del departamento. Sus estudiantes vienen liderando el sector desde sus inicios y el año pasado sucedió un hito trascendental: estudiantes de la Tecnología en Electrónica Industrial viajaron a Georgia Institute of Technology, una de las universidades públicas más importantes de Estados Unidos para compartir y complementar sus estudios. Allí se dieron cuenta que la formación de la Universidad era de nivel internacional e incluso para su semestre tenían habilidades avanzadas. Todo esto gracias al esfuerzo de sus profesores, especialmente, Lewin Andrés López.
En esta sede también se destaca la profesora Estefanía Vergara Buriticá, una de las pocas docentes de humanidades, que se caracteriza por su exigencia y educación crítica. En contraste con esta formación de orientación matemática, una de las características de esta sede es el Ensamble de Rock, que no puede faltar en los conciertos y actividades colectivas.

El legado de 40 Años: nuevas generaciones llevan en alto el espíritu univalluno
Desde aquellos inicios en aulas prestadas, hasta hoy, cuando la Universidad del Valle celebra los 40 años de su Sistema de Regionalización, la formación de líderes se mantiene. Actualmente es un pilar de la Universidad del Valle con el 42% del estudiantado y con 1.991 estudiantes graduados en el 2024. En estos años, Regionalización ha demostrado que la educación pública es para todas las personas y que el compromiso con la comunidad es su bandera.
Entre los nuevos talentos está Emmanuel Erazo, estudiante de Música y uno de los pocos contratenores del país. Su historia con el canto está marcada por el activismo y la herencia artística. Su madre es guitarrista concertina y le inculcó a tocar el violín, pero a sus doce años abandonó esta disciplina. “Yo me pregunté ¿para qué sirve la música clásica?”, así que cambió su curso y se dedicó a hacer títeres y gestión comunitaria con su organización Condor Kuyay.
Fue durante el estallido social que sucedió el reencuentro “con mi maestra Fedora quien me invitó a cantar en el parque”. Gracias a la toma cultural en la que interpretó una pieza de Antonio Lucio Vivaldi “sin saber que estaba cantando ópera”, su voz deslumbró al público y se reencontró con este arte.
Actualmente, hace parte del Taller de Ópera de la Licenciatura en Música y comparte las clases con talentos de Guacarí, Ginebra y Sevilla, municipios de amplia trayectoria musical. Su sueño es presentarse en plazas campesinas, teatros internacionales y públicos infantiles. “Darle ese orgullo a la universidad de que el contratenor se presentó en distintos procesos” y llevar en alto el título de la Licenciatura en Música de la seccional Buga.
Estas son algunas historias de superación y disciplina que se tejen en nuestras sedes.

Por: Laura Parra Rodríguez
Agencia de Noticias Univalle